Caspe corona el Bajo Aragón con su vastedad territorial y su riqueza natural

Por Redacción

Capital del Bajo Aragón-Caspe, Caspe despliega uno de los términos municipales más extensos de Aragón junto a aguas, sierras y una fauna de raptores que sobrecoge.

Caspe corona el Bajo Aragón con su vastedad territorial y su riqueza natural

Caspe es capital de la comarca del Bajo Aragón-Caspe, en Zaragoza, y sorprende por la magnitud de su término municipal: el cuarto más extenso de toda Aragón. Alcanzó rango de ciudad en el siglo XIX, tras los daños que sufrió durante las guerras carlistas, por decisión de la reina Isabel II. A 107 km de Zaragoza, su nombre hunde raíces en antiguas palabras árabes o indoeuropeas que evocan fortalezas y encinas, aunque la tradición popular insista en historias de navegantes del mar Caspio.

El territorio de Caspe es un viaje de contrastes geográficos. El río Ebro lo atraviesa represado en el embalse de Mequinenza, ese «Mar de Aragón» que inunda buena parte de sus tierras. Hacia el sur se alzan las sierras de Vizcuerno y Caspe, con cimas que rondan los 400 metros, mientras que al norte los cabezos descienden más suavemente. La altitud oscila entre los 432 metros del pico Vizcuerno y los 126 metros a orillas del embalse, ofreciendo un relieve que invita a explorar cada zona con sorpresas distintas.

Donde habitan águilas y ciervos de leyenda

La diversidad de paisajes convierte a Caspe en un refugio excepcional para la fauna. Las rapaces dominan los cielos: águilas reales, buitres leonados, halcones peregrinos y búhos rondan los montes durante todo el año. Los ciervos comunes que aquí viven son únicos en Aragón, descendientes de poblaciones que nunca desaparecieron. Jabalíes, tejones, zorros y nutrias habitan los bosques ribereños de chopos negros. Las aguas albergan garzas reales, ánades azulones y martines pescadores. Incluso la colegiata de Santa María la Mayor y el convento de Santo Domingo acogen a diecisiete parejas de cigüeña blanca, aves que han hecho de estos edificios su hogar.

La vegetación responde a esta riqueza: sabinas albar y negra, pinar carrasco, romeros y tomillares tejen un mosaico de estepas y bosques que alimenta a todas estas especies. Entre coscoja y ginesta, entre caña y carrizo, Caspe mantiene viva una complejidad ecológica que pocos lugares de la región pueden igualar.

Capas de historia desde el Paleolítico

El territorio guarda testimonios de presencia humana durante ciento cincuenta mil años. En el abrigo del Plano del Pulido persisten pinturas rupestres de estilo levantino: un ciervo alerta, otros congéneres con sus cuernas, figuras de arqueros. Hacia el siglo VIII a. C. florecieron poblados indoeuropeos y célticos con necrópolis tumulares. Posteriormente, íberos y romanos dejaron sus huellas en villas, mausoleos y asentamientos que los arqueólogos siguen descubriendo. Trabia, antigua ciudad indígena que acuñó moneda, estuvo habitada hasta el siglo XV. Cada capa cuenta su parte de la larga vida de estas tierras del Ebro.

Caspe invita a quien desee adentrarse en espacios donde la naturaleza mantiene su ritmo intacto, donde el agua reposa en grandes espejos y las sierras cierran horizontes profundos. Un destino para respirar la vastedad del Bajo Aragón.

Fotografía: Fran Ara · CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons

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