Villanúa respira entre glaciares pirenáicos y tradiciones seculares
En el valle del Aragón, entre el pico Collarada y cuevas milenarias, un pueblo de infanzones que reclama el turismo tras siglos de ganadería y emigración.

Villanúa se alza a 953 metros en el corazón de la Jacetania, enclavada en ese valle pirenaico que el río Aragón esculpió durante milenios. A los pies del pico Collarada, que alcanza los 2.886 metros, esta localidad de apenas 569 habitantes de derecho se convierte en temporada alta en refugio de 6.000 visitantes atraídos por un paisaje tallado por glaciares y una historia que respira en cada piedra.
El término municipal conserva las huellas de civilizaciones antiguas: dólmenes de la época del Eneolítico rodean la villa, y la cueva de Las Güixas, con sus casi dos kilómetros de recorrido, guardó cerámica y monedas romanas hasta el siglo IV. Pero Villanúa tal como la conocemos nace en el siglo XI, cuando Sancho Ramírez fundó esta villa de hombres libres para concentrar población en el Camino de Santiago, repoblándola con habitantes bearneses. El rey llegó a reconocer a once infanzones entre sus vecinos, creando así un contrapoder a la nobleza feudal que dominaba el valle. Hoy aún se conservan caserones con escudos nobiliarios en sus fachadas, testimonio de esa dignidad medieval.
Cuevas, puentes y la Foz del Aragón
La geografía de Villanúa invita a descubrimientos a cada recodo. La Foz de Villanúa actúa como puerta natural donde el río encuentra la roca caliza y forma un espacio de belleza abrupta. Las Güixas cuenta con su centro de interpretación desde 2009, mientras que la cueva de Esjamundo alberga el misterioso lago subterráneo de San Lorenzo. Los barrancos de Arraguás, Los Borgazos y Lierde drenan las aguas que caen desde las alturas, conectando el relieve montañoso con la Cubeta de Villanúa, ese terreno llano que antaño fue fondo de un lago glaciar.
En el casco viejo, la iglesia parroquial de San Esteban, de origen románico del siglo XII, guarda una magnífica talla románica de Nuestra Señora de los Ángeles del siglo XI. El Puente Viejo, mandado construir por el rey Pedro I en 1100, conserva doce siglos de historia y sigue siendo el único acceso tradicional a la localidad, cruzando el río Aragón en un entorno de excepcional belleza.
Del ferrocarril de Canfranc al turismo actual
Villanúa vivió su apogeo demográfico a principios del siglo XX gracias a la construcción del ferrocarril de Canfranc, cuyo viaducto de 28 arcos fue inaugurado el 24 de junio de 1916 y sigue siendo un símbolo ingenieril de la zona. La población entonces superaba los 1.100 habitantes, pero la tradición emigratoria hacia Francia y América, junto con la posterior huida rural hacia las ciudades, redujo el censo a apenas 199 habitantes en los años 80. Hoy, gracias al turismo, Villanúa respira nuevamente, distribuyéndose en cinco barrios: Casco Viejo, Arrabal, La Espata, La Bujaquera y Santiago.
El clima de alta montaña, con nevadas que persisten hasta bien avanzada la primavera, contrasta con los efectos del Föhn que genera el pico Collarada, creando zonas con vegetación más mediterránea. Prados por encima de los 1.700 metros, abetales, pinares negros y el carrascal más septentrional de España conviven en este territorio donde la naturaleza pirenaica despliega toda su variedad.
Villanúa invita a quien busca la autenticidad del Pirineo: pueblos abandonados como Cenarbe y Aruej cuentan historias de otras épocas, mientras el presente acoge a quienes desean explorar cuevas milenarias, recorrer el Camino de Santiago o simplemente respirar el aire limpio del valle del Aragón bajo la sombra de Collarada.
Fotografía: Juan Emilio Prades Bel · CC BY 4.0 · Wikimedia Commons
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