Ansó respira entre montañas pirenaicas en el extremo noroeste de Aragón

Por Redacción

Un pueblo de apenas cuatrocientos habitantes que asombra con sus «arteas», callejuelas de medio metro que serpentean entre casas de piedra, reconocido como uno de los más bellos de España.

Ansó respira entre montañas pirenaicas en el extremo noroeste de Aragón

Ansó se asoma a la frontera francesa desde el corazón de la Jacetania, en Huesca, envuelto por el valle del río Veral y las altitudes del Pirineo occidental. Con apenas 409 habitantes, este municipio ha sabido mantener intacto el carácter de su arquitectura medieval y su identidad paisajística, mereciendo en 2015 la acreditación oficial como uno de los pueblos más bonitos de España.

El pueblo seduce desde el primer instante por sus características únicas. Entre sus casas de piedra serpentean las «arteas», estrechos pasillos de apenas cincuenta centímetros de ancho que constituyen la seña de identidad más particular de Ansó. Son estos pasajes los que otorgan al lugar ese carácter singular, ajeno al tiempo, donde la arquitectura se adapta a la topografía de la montaña de manera casi orgánica. La iglesia parroquial de San Pedro, construida en el siglo XVI con estilo gótico y portada plateresca, preside el pueblo con su tamaño desmesurado y su volumetría defensiva, equipada con matacán y aspilleras. En su interior alberga un órgano francés del siglo XVIII, desmontado en su origen y traído a través de las montañas, junto a un retablo barroco de notable factura.

Un territorio moldeado por glaciares y fronteras históricas

El paisaje que rodea Ansó es resultado de millones de años de transformación geológica. Hace apenas un millón de años, los glaciares del Cuaternario labraron valles de fondos planos y circos característicos, dejando tras su desaparición ríos que continúan modelando el relieve pirenaico. La Mesa de los Tres Reyes, con sus 2.438 metros, se alza como el pico más destacado de su término, acompañada por otras cimas como Peña Forca y Petrechema que enmarcan horizontes impresionantes.

Históricamente, Ansó ha sido guardia de fronteras. En 1272, el rey Jaime I el Conquistador le concedió privilegios que explican su larga línea limítrofe con Francia, asignándole el papel de defensor de una de las rutas hacia el valle del Aragón. Siglos después, en 1375, los ansotanos arbitraron un famoso litigio sobre pastos entre ganaderos bearneses y navarros, generando el célebre Tributo de las Tres Vacas, que aún hoy se mantiene como tradición viva.

Paisaje protegido y naturaleza accesible

Una parte significativa del término municipal está ocupada por el Parque Natural de los Valles Occidentales y el Paisaje Protegido de las Fozes de Fago y Biniés, garantizando la conservación de sus valores naturales. En Zuriza, aguas arriba del río Veral, se encuentra un enclave singular donde un camping ocupa el edificio de un antiguo cuartel de Carabineros del siglo XIX. Para quienes buscan actividad invernal sostenible, las pistas de esquí de fondo de Linza, en el extremo noroeste, ofrecen ocho kilómetros de recorrido en circuitos verdes, azules y rojos.

En Ansó sigue hablándose el ansotano, variante viva de la lengua aragonesa pirenaica, especialmente entre los mayores y ahora preservada también en las aulas escolares. La tradición ganadera trashumante ha dejado paso a una reorientación económica hacia el turismo, con las antiguas bordas convertidas en casas rurales y restaurantes que ofrecen hospitalidad sin masificación.

Ven a caminar entre «arteas» ancestrales, a respirar aire de montaña y a descubrir cómo la historia, la geología y la arquitectura se entrelazan en cada rincón de este pueblo singular del Pirineo aragonés.

Fotografía: Cherubino · CC BY-SA 3.0 es · Wikimedia Commons

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