La Iglesuela del Cid respira historias de reconquista y leyenda en el corazón del Maestrazgo
Entre riachuelos y morrones a 1227 metros, esta villa medieval del Maestrazgo guarda vestigios iberos, huellas del Cid y piedras que han visto pasar siglos de batalla.

La Iglesuela del Cid se asoma desde el pie de uno de los morrones del Maestrazgo turolense, a 1227 metros de altura, como un refugio de piedra atravesado por dos riachuelos que dividen sus calles en tres partes. El corazón medieval de la villa forma un triángulo amurallado, donde todavía se intuyen los cinco portales que permitían el acceso a ese mundo que fue. Con apenas 357 habitantes hoy, conserva la dignidad de quien ha sido testigo de épocas turbulentas y ha sabido guardarlas en sus muros.
Antes de los nombres que llegaron después, La Iglesuela fue Athea. Los iberos levantaron un poblado en el cerro de Nuestra Señora del Cid, cuyas murallas y viviendas aún dejan ver su importancia antigua. De aquella época permanecen estelas funerarias, entre ellas la lápida que conserva la inscripción «ikonykeiyi ildubelesebas». Los romanos ocuparon ese mismo lugar y dejaron lápidas, relieves sacros y elementos arquitectónicos que hablan de una presencia sólida en estas sierras.
El Cid Campeador pasó por estas tierras en su recorrido hacia Levante, y aunque no existan documentos que lo acrediten con precisión, la memoria colectiva del lugar lo ha inscrito en sus topónimos: Muela del Cid, Peña del Cid, y el propio Santuario de la Virgen del Cid, donde se veneraba una talla románica mariana. La devoción del caballero castellano a esta imagen quedó grabada en la tradición que cuenta cómo Santiago en persona socorrió al Cid en batalla, dejando la marca de la pezuña de su corcel en las rocas cercanas.
En el siglo XII, durante la reconquista, La Iglesuela se encomendó a los templarios como parte de la Baylía de Cantavieja. La carta puebla de 1242 consolidó el asentamiento, y cuando la Orden del Temple se disolvió en el siglo XIV, el municipio pasó a manos de la Orden de San Juan del Hospital. Fue entonces cuando se levantó el hospital que acogía a enfermos, heridos y transeúntes, y se construyó la Torre de los Nublos.
El esplendor llegó entre los siglos XVI y XVII, cuando se reconstruyó la iglesia de la Purificación, templo barroco que conserva aún bóvedas góticas y una cabecera que invirtió la orientación original. La portada plateresca y la torre de tres cuerpos cuadrados y remate octogonal testimonian esa época de prosperidad. Las guerras carlistas del siglo XIX convirtieron el Maestrazgo en un escenario de conflicto, y en 1837 el propio Carlos María Isidro de Borbón pernoctó en la Casa de Blinque durante su Expedición Real.
Hoy, el casco antiguo de La Iglesuela del Cid, declarado bien de interés cultural en 1982, invita a recorrer sus calles empedradas donde conviven vestigios iberos y romanos, arquitectura medieval y barroca, y el silencio sereno de un pueblo que ha sobrevivido a epidemias, guerras y el inexorable paso del tiempo. Ven a respirar este aire del Maestrazgo, donde cada piedra cuenta una historia y la leyenda del Cid sigue viva en la devoción a la Virgen y en los nombres de sus sierras.
Fotografía: Angela Llop · CC BY-SA 2.0 · Wikimedia Commons
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